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El anciano sabio y las cuentas de ámbar

Carmen Domingo

Cuando viajo me gusta ver, oler, sentir, pero sobretodo me gusta aprender, soy curiosa por naturaleza. Mi llegada a Estambul fue horrible, había huelga de recogida de basura y olía fatal, la gente estaba alterada y en las calles se amontonaba la suciedad de una manera indescriptible. En mi segundo día de desesperación olfativa me reuní con un amigo en el zoco de los libreros, junto al Gran Bazar.
Como me había prometido me presentó a un viejo sabio. El anciano tenía los ojos más brillantes que jamás había visto, unas manos toscas y una sonrisa dulce. Nos invitó a sentarnos en unas sillas que mandó acomodar con pieles de cordero, a un movimiento de su mano un recadero se marchó apresuradamente. Pedimos té de manzana y nos deleitó con un cuento que jamás olvidaré. Volvió el recadero con tres hombres de tez oscura, altos y delgados, vestidos a la europea, traían instrumentos, dos flautas de caña y un tambor que yo nunca había visto, se sentaron y comenzaron a tocar. El bullicio de la gente en aquella plaza se desvaneció y quedamos inmersos como en una burbuja de paz y música. Muchos y valiosos fueron los consejos que me dio aquel hombre de manos toscas y sonrisa dulce pero también me dio algo mas, la indicación de seguir el viaje hasta Konya y un puñado de cuentas de ámbar, parecía un collar roto. Lo guardé como un tesoro durante años, sabía que me lo había dado con un propósito. Es ahora cuando sé por qué me las dio y ahora sé como utilizarlas. Muchas gracias.
El autobús estaba lleno, mujeres con cestos y niños, hombres con turbantes y dos conductores que se turnaban para conducir. Nos esperaba un largo viaje hasta llegar a Konya. Al caer la noche, uno de los conductores se acostó a dormir en el suelo del pasillo, entre los asientos de los pasajeros, yo sin pensarlo dos veces hice lo mismo, estaba agotada y el asiento era una tortura, cuando desperté habíamos parado para desayunar, el paisaje era increíble, todos los árboles tenían la misma altura como cortados con unas tijeras, era el efecto que producía en su crecimiento un viento que soplaba a menudo en aquellas tierras. De vuelta al autobús!, aún quedaba mucho camino por delante. Hacía calor. Me sentía viva.
Estuvimos visitando la tumba de Rumi y el museo, no era una ciudad grande como Estambul pero tenía unas tiendas maravillosas, compré una alfombra. Nunca había viajado tan lejos, estaba en Asia, me preguntaba por qué estaba allí cuando al entrar en una pequeña tienda de joyas de plata vi a una mujer menuda con un ojo de cristal azul, pero ésta es otra historia.