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La mujer del ojo de cristal azul.

Carmen Domingo


Una gran alfombra roja con dibujos en negro y dorado colgaba de la pared, al lado la foto de un señor con un gran bigote y un turbante. Pequeñas mesas talladas en madera y algunas sillas adornaban aquella tienda con forma de pasillo. Al fondo había una mesa de joyero que parecía que nadie utilizaba. Algunas vitrinas pegadas a la pared guardaban joyas de plata, para la venta a turistas, no estaba yo allí por las joyas, me interesaba la mujer, no sé por que razón la relacioné con el viejo sabio de Estambul. El sabio me había indicado que sería bueno para mí viajar a Konya y allí estaba.
Me armé de valor y me dirigí hacia la mujer, menuda, delgada, completamente cubierta de negro y con un ojo de cristal azul, resultaba desconcertante verla con un ojo de cada color, el suyo era negro como el azabache, el de cristal de un azul intenso y demasiado grande.
Le pregunté si tenía piezas sueltas de plata, en un idioma inventado, mitad ingles y mitad en turco, me dijo un -no- rotundo, me quedé parada... Le pregunté por la alfombra que colgaba de la pared y sonriendo me llevo de la mano a la calle, creí que me estaba despidiendo, pero con un gesto me indicó que la siguiera.
Caminamos en silencio por un par de calles hasta llegar a un edificio bajo. Unos pocos escalones daban entrada a una gran sala con los techos arqueados, estaba llena de enormes telares en los que manos habilidosas tejían alfombras, me sentía como una niña pequeña. Los tejedores me saludaban con la mano y seguían laborando. Cruzamos la sala de los telares, salimos a un patio rodeado por un porche, con una modesta fuente en medio por la que no cesaba de salir el agua, aquello me parecía un sueño. Bajo los porches, artesanos con montones de lana de colores a su alrededor reparaban alfombras antiguas que habían sufrido algún desperfecto. Me interese por los nudos que hacían y pacientemente me enseñaron como ataban y cortaban la lana con unos cuchillos especiales. No podía creer toda aquella maravilla.
Un joven de aspecto europeo se acerco a nosotras, saludo a la mujer con una reverencia y se ofreció como interprete, pues hablaba perfectamente español. En ese lugar se reparaban algunas de las alfombras antiguas del palacio del Topkapi, nada de lo que allí se hacia estaba a la venta.
En el patio, junto a la fuente, había unos cojines sobre una alfombra y una mesa baja de té. La mujer me invitó a sentarme y se sentó a mi lado, comenzaron a llegar niños y algunos adultos, poco a poco el patio se llenó de gente. Tomamos té y compartimos dulces que traían algunos de los recién llegados.
Cuando la mujer comenzó a hablar todo el mundo guardo silencio. Era la contadora de cuentos y yo una persona muy afortunada. Fue un cuento corto, que el joven me pudo traducir sin dificultad.


El cuento del gorrión.

Había un gorrión minúsculo que, cuando retumbaba el trueno de la tormenta, se tumbaba en el suelo y levantaba sus patitas hacia el cielo.
-¿Por qué haces eso? -le preguntó un zorro.
-¡Para proteger a la tierra, que contiene muchos seres vivos! -contestó el gorrión-. Si por desgracia el cielo cayese de repente, ¿te das cuenta de lo que ocurriría? Por eso levanto mis patas para sostenerlo
-¿Con tus enclenques patitas quieres sostener el inmenso cielo? -preguntó el zorro.
-Aquí abajo cada uno tiene su cielo -dijo el gorrión-. Vete... tú no lo puedes comprender...

A la mañana siguiente, volví a la tienda de la mujer, Fátima se llamaba. Me atreví a preguntarle por su ojo, pero esto es otra historia.