news

Camino al desierto.

Bajamos por una estrecha escalera a una habitación subterránea cuadrada, había portezuelas en los lados por las que se entraba a pequeños cubículos, un catre y la tenue luz de un artilugio casero hecho con botellas de gas, era lo que teníamos para pasar la noche. Las mantas eran duras y de un dudoso color.

Los dueños del establecimiento, dos hombres bastante gruesos parecían desconcertados por nuestra presencia. Yo solo podía pensar en mi madre diciendo -Dios aprieta pero no ahoga- eso me reconfortaba. Que cosas le vienen a la mente a uno cuando está en apuros.

Estábamos atravesando la cordillera del Atlas, camino del desierto. En pleno paso del Tizi n’Tichka a 2200 metros. La nieve nos había cerrado el camino y era el único refugio, un edificio hecho con ladrillo de barro sacado a mano de la misma montaña. La noche era cerrada y fría, pero asombrosamente en el local que estaba sobre las habitaciones subterráneas, un puñado de hombres charlaban amistosamente y tomaban te, yo no paraba de pensar de donde venían y a dónde irían después...

Nosotros cuatro tomamos té y algo de comer que no puedo recordar. El cuarto de aseo se limitaba a un agujero en el suelo y un cubo al lado, que tenias que llenar de una manguera y tirar después.

En una esquina sombría de aquel lugar estaba sentado un hombre silencioso, con una capucha de lana que casi le cubría la cara, haciendo un gesto de menosprecio uno de los posaderos nos dijo - Tuareg- y se marchó.

Los cuatro nos miramos, era lo que andábamos buscando precisamente -Tuaregs- en ese momento todo me pareció perfecto.

Cuando el hombre de la capucha se levantó, me quedé pasmada. En la plaza de Yamaa el Fna en Marraquech lo había visto vendiendo toda clase de pócimas, sanguijuelas en tarros de cristal, pieles de serpiente y frascos que Dios sabe lo que contenían, era una especie de médico.

La noche se me hizo eterna, no pude dormir, el catre era duro y estrecho, los ronquidos inundaban el aire de aquellas estancias sin ventanas.

Me lave los dientes con cocacola, en aquel lugar no me fiaba ni del agua embotellada, amanecía cuando subimos a buscar algo caliente que desayunar.

Busque al Tuareg pero ya no estaba, una pena, estaba decidida a comprarle alguno de los muchos collares que llevaba puestos.  -Brujo malo- me dijeron cuando pregunte por él.

Montañas infinitas cubiertas de blanco y una estrecha carretera llena de curvas, era nuestro escenario.

Unos kilómetros más tarde alcanzamos a la máquina quitanieves que despejaba la carretera y tuvimos que parar. De la nada, aparecieron un puñado de niños descalzos sobre la nieve y comenzaron a pedir, les di las últimas galletas que me quedaban y una crema para que se pusieran en los labios ulcerados por el frío, la impotencia se adueñó de mi. Una niña de unos siete años me dio un pequeño fósil.

Pudimos comer cordero en un asador que alguien había improvisado en el margen del camino y continuamos el viaje.

Aquella tierra roja cubierta por la nieve anunciaba el comienzo del desierto, había pequeñas aldeas y se veían circular más vehículos , me pareció ver al Tuareg montado en un caballo cuando llegamos a “Aït Benhaddou” una ciudad de barro como sacada de un cuento.

En Warsasat nos esperaba un hotel magnífico, con agua caliente y riquísima comida. Una vez instalados, salí a hacer algunas compras. Me interesaban las piezas Tuaregs. Nos acompañaron a una tienda de antigüedades por recomendación del gerente del hotel y encontré algunas piezas interesantes para mi trabajo.

Caían finos copos de nieve cuando comenzó a anochecer, de vuelta al hotel me pareció ver al Tuareg y lo seguí, mis compañeros de viaje no estaban muy convencidos de aquella aventura pero me acompañaron. El hombre se dio cuenta de que lo seguíamos y nos enfrentó , con mi mal francés le saludé y le dije que me interesaba comprar algunos de los collares que llevaba puestos, me miraba con cara severa, yo hubiera querido salir corriendo pero ya no podía echarme atrás. Hizo un gesto con la mano y lo seguimos.

En una callejuela, una bombilla colgaba iluminando una puerta pintada de un azul intenso, allí entramos, nos acomodamos en unos cojines de cuero. La noche anterior soñé un lugar extraño en el que aparecía aquella puerta azul, se lo dije al hombre, él sonrió y su cara severa se volvió afable.-Les voy a contar mi historia- dijo en perfecto francés. Pero esta es otra historia.